La larga noche
Alessa Gil y Luis G. Abbadie
Keli Ediciones, 2013
222 páginas
Bien señalaba el maestro Abbadié, el vampiro se encuentra en una etapa de decadencia, en una etapa donde, en realidad, ha perdido su fuerza, es decir, la capacidad de provocar miedo; recuerdo mi infancia, mis pesadillas, donde temía que algún vampiro me convirtiera en uno de ellos, y ahora, en realidad, es todo lo contrario, la gente desea ser vampiro.
Hay un elemento que me parece que es la pieza clave y es la eterna juventud, y eso viene, en cierto sentido desde Anne Rice y después, lo que ya conocemos...
Pero qué sucedería, si al querer ser eterno y guapo como esos vampiros que hoy vemos en cine y novelas, se topara uno con la realidad del ser diabólico que espera condenarnos por medio de la sangre; qué sucedería con nosotros si nos diéramos cuenta que aquel camina por las tinieblas no es tan bello, ni brilla a la luz del sol...
Alguna voz puede estar diciendo, cuidado con lo que buscas, porque lo puedes encontrar...
Esa de alguna manera, es la premisa de La Larga Noche, donde Alessa Gil y Luis Abbadié nos muestran una ciudad conmocionada, de diferentes formas, por la figura del vampiro, donde nos deja en claro que puede haber mayor oscuridad en la noche que las sombras mismas... que tal vez esos que quieran ser parte de un grupo dark se encuentren en realidad con las tinieblas que no esperaban.
En este libro he encontrado una de las imágenes que más me han impactado en cuanto al despertar de un vampiro y ciertamente no quisiera revelarlo, pero quienes lo lean, o lo hayan leído, estarán de acuerdo con que ya no es lo mismo mirar el tinaco del agua.
Así, desde el lenguaje, la propuestas, la trama, la acción ... todo en sí, lo hace un libro digno de considerarse entre las mejores historias de vampiros de los últimos tiempos, y sobre todo, ambientada en una ciudad real, con calles, casas, sitios y personas reales ( nos podremos imaginar al maestro Abbadié ejecutando un exorcismo en plena Catedral? )
Es un libro digno de leerse? ... No.... es obligatorio de leerse para todo aquel que guste del terror, para todo aquel que busque literatura hecha para jóvenes (pero no esas sagas juveniles, que no se desprecian, pero no se encuentran al nivel de esta obra)
Lean la Larga Noche, de dos autores tapatíos jóvenes y muy talentosos...
Y tengan cuidado con quien llegue a tocar a su ventana esta noche...
Una exploración de la sorprendentemente amplia literatura de terror mexicana, prolífera y a la vez, difícil de rastrear.
miércoles, 29 de marzo de 2017
La bestia de la Luna Azul, de Alejandro Juárez - Reseña
La bestia de la Luna Azul
Alejandro Juárez
La Zonámbula, 2012
104 páginas
La bestia de la Luna Azul, de
Alejandro Juárez, es una breve colección de cuentos que merece ser leída. Sin
embargo, debo señalar que difiero con la frase inicial de la prologuista
Gabriela Torres: “Mi sorpresa ante este refrescado volumen de horror tiene que
ver con la baja que presenta en los últimos tiempos este género en México”. En
primer lugar, dice esto en el 2011, cuando el género, siempre presente en
nuestras letras, ¡nunca pero nunca había estado “a la alta” antes de la última
década! He dicho y seguiré diciendo que apenas ahora los cultivadores del
horror somos finalmente más de los que podría contar con los dedos Kurt Wagner
de la Xavier Academy en Westchester, y esto sigue creciendo, como pretendemos
mostrar con este blog. En segundo lugar, volviendo a mis discrepancias, este
libro no es de horror; los cuentos recorren una gran diversidad de facetas de
lo fantástico, incluyendo, sí, lo terrorífico, pero también otras situaciones
muy diversas; lo que no tiene nada de malo, por supuesto, sólo me estoy
poniendo puntilloso ante la promesa de ese párrafo introductorio.
La colección inicia con “Guardia nocturna”, que nos presenta una
posible secuela de la historia del vampiro que yace en el Panteón de Belén; un
entretenido relato que podría haber sido una viñeta de “La hora marcada” o “Dimensión
desconocida”; en este caso, el vampiro que es tan difícil de enfocar de manera
terrorífica en nuestros días, recibe un tratamiento muy distinto no exento de
ironía.
“El buen samaritano” es un salto a una situación tan cotidiana como un
invidente que recibe ayuda para cruzar la calle, y que no tarda en convertirse
en una escena perturbadora, ambigua, que resulta inquietante por lo verosímil,
escenificada una vez más en el viejo barrio del Santuario.
“La huella del tigre” es una de esas historias que se precipitan a lo
angustiante sin molestarse en ofrecer un trasfondo para lo extraordinario; aquí
no hay viejas maldiciones, espectros, anécdotas que prefiguren lo que va a
ocurrir, únicamente el hecho insólito y aterrador. Es una anécdota, quizá, que
evoca historias que ya conocemos, incluso alguna que ya enumera Lovecraft en su
El horror sobrenatural en la literatura; pero Alejandro Juárez se ciñe al
adagio: si no está roto, ¿para qué repararlo? A veces, ciertos temas que en
manos hábiles, sin llegar a ser formulismos, nos resultan familiares, son como
sillones cómodos donde disfrutamos arrellanarnos de vez en cuando, aun cuando
nuestro anfitrión pueda ser quizá Rod Serling o el Tío Creepy.
“La bestia interna” es una llana y directa viñeta de licantropía, tan
clásica que la gitana Maleva bien pudo habernos introducido a ella; este es un
tema en extremo difícil de desarrollar con eficacia de manera literaria, y es
con satisfacción que encuentro que en este caso no encontramos los submundos
sobrenaturales y clanes teriantrópicos tan frecuentes en las novelas de moda;
sencillamente, la bestia.
Sigue, en mi opinión, el plato fuerte de la colección: “El fantasma de
Santa Margarita”. En este relato un poco más extenso encontramos a Ganímedes,
una variante melancólica y con un giro sorprendentemente realista sobre la
figura del detective de lo sobrenatural, a quien a pesar de la brevedad ya
siente uno conocer, involucrándose tanto en sus inquietudes privadas como en
sus indagaciones no exentas de suspenso detectivesco en torno a un centro
comercial pueblerino construido sobre un viejo cementerio y escenario de
apariciones fantasmales y potencialmente letales. Ganímedes es refrescantemente
escéptico, pero ansía poder ver a un espíritu, experiencia que lo ha eludido a
lo largo de su carrera. Es una historia absorbente y con un final sólido,
inevitable y que se las arregló para sorprenderme. El cuento de fantasmas es
otro que, al ser tan antiguo y tan gastado, es muy difícil de tratar con
justicia, y Alejandro Juárez lo consigue plenamente.
“Soñar es vivir” es una breve viñeta que regresa una vez más a lo
básico y, sin sorprender, se lanza a un final agradablemente inquietante.
“Corona de ratas” rescata una curiosidad grotesca de las historias
antiguas y la revitaliza en un inesperado escenario de ciencia ficción, lo que
no le impide una buena dosis de morbo gozoso e ironía; salvando el escenario
futuro, es el tipo de historia a las que nos acostumbró Alfred Hitchcock.
Encontramos entonces la historia que da título a la colección, una
reinvención del licántropo a través de la lente de la ciencia ficción, con
acción frenética y un argumento directo que arrastra al lector. Fácilmente mi
segundo favorito de la colección, lo que me habría parecido improbable dadas sus
características, pero un cuento eficaz y eficiente captura el interés sin
importar lo demás, y eso consiguió conmigo.
El último cuento, “Día de lectura”, acerca de la lectora de un libro de
tema vampírico. El más breve, y pudo omitirse, aunque deja con ganas de leer el
libro que Aída leía.
Como dije, no todos los cuentos son terroríficos y los mejores del
libro –a mi modo de ver- no lo son (aunque “El fantasma de Santa Margarita”
resulta plenamente satisfactorio para el aficionado al género si no por la
atmósfera, sí por la temática), pero ciertamente es una lectura recomendable y
una adición digna a nuestra colección de páginas del miedo.
viernes, 10 de junio de 2016
La sombra de Pan - Reseña
Sergio J. Monreal
Ediciones SM / Consejo Nacional para la Cultura y las Artes,
Colección Gran Angular, 1997
109 páginas
Aunque tiene casi dos décadas, La sombra de Pan (1997) es un
libro merecedor de dar inicio a nuestra jornada. Es, paradójicamente, una
novela corta que refleja los primeros indicios de madurez en el género de
terror en México al tiempo de valerse, forzada por su premisa, a los recursos
del horror clásico de las primeras décadas del siglo XX, sin que por esto
resulte de ninguna manera obsoleta, sino todo lo contrario.
Sergio J. Monreal, autor nacido en |1971 y residente en
Morelia, nos presenta este como un relato protagonizado por dos personajes muy
queridos de la literatura: Sherlock Holmes y el Dr. Watson. De manera inusual,
el texto de cuarta de forros hace las veces de prólogo, ofreciendo un extracto
del testamento del Dr. John H. Watson donde nos advierte su reticencia a
presentar al público esta aventura. Y en efecto, Monreal retoma la voz familiar
del cronista del famoso detective sin dificultad, encaminándonos con el
habitual ritmo absorbente a una aventura cargada de enigmas; sin embargo, el
terror está sin duda presente, con tal intensidad que incluso los momentos más
siniestros en los páramos que rondaba el sabueso de los Baskerville palidecen
en comparación, ya que en este caso se trata de horrores más antiguos, más
extraños todavía. Porque el pastiche de Monreal es múltiple; el caso que
Sherlock Holmes acomete es uno que le conduce a las colinas ancestrales donde
Arthur Machen hizo arraigar sus insondables historias; es “El Gran Dios Pan” de
Machen el que proyecta su sombra sobre la mansión Drieu, en las afueras de
Glastonbury, poblado que todavía embruja el espíritu celta del mito artúrico,
tan importante para la sensibilidad de Machen y que es invocado de nuevo en
estas páginas. También hay alusiones a las pesadillas de Lovecraft, que
constituyen para el sobrecogido Dr. Watson, con su menor sutileza, el punto de
quiebre. Pocas veces han enfrentado los protagonistas tan terribles momentos, y
la narración detectivesca se resbala sin tropiezo hacia lo terrible y de
regreso en los momentos indicados. Aunque la estructura revela una clara deuda
a El sabueso de los Baskerville, y se nota la huella de “El Gran dios Pan” y “El
pueblo blanco” de Machen, también hay cierta influencia de los mejores momentos
de August Derleth, cuando -influido por Machen y por Algernon Blackwood-
explora los terrores de la naturaleza inefable en “El Ser que caminaba sobre el
viento” o “Ithaqua”.
El problema inmediato que el autor tuvo que sortear es el
escribir, por necesidad, en un estilo compatible con la última década del siglo
XIX y gracias a su acierto de emular el estilo pulcro de Arthur Conan Doyle, lo
consigue sin dar por ello la impresión de estar ciñéndose a moldes obsoletos. Un
gran error al circunscribir historias en los Mitos de Cthulhu es el impulso de
emular el uso de adjetivos abigarrados –parte del estilo de Lovecraft, pero su
fuerza no estaba en su lenguaje sino en su atmósfera-, o bien el abuso de
nombres extraños de entidades y grimorios de los Mitos –los mejores relatos de
los Mitos, tanto de Lovecraft como de otros autores, mencionan poco o nada de
estas cosas-; por ello el dar voz a Watson fue un acierto, ya que el estilo de
Doyle es limpio y no deja de ser actual. En particular, el terror en México
adoleció por mucho tiempo de un estilo anticuado, probablemente a causa de la
tendencia (que por fortuna ya desaparece) a ignorar por completo a los autores
post- Stephen King, limitándose a leer a Lovecraft, Poe, Maupassant, Quiroga,
etc., y por ello ubicándose en un contexto hace mucho superado; algo todavía
más marcado en pastiches lovecraftianos. Por fortuna, Monreal sabe retomar los
conceptos y no el estilo cuando es necesario, y su narración, a pesar de la
premisa, resulta en una de las aportaciones más maduras e innovadoras al terror
mexicano en su momento, y no hay que dejarse engañar por la línea juvenil de la
casa editora, pues no se detecta censura en aspectos particularmente mórbidos
de la trama.
Son varias las historias que ocurren de manera paralela bajo
la sombra de Pan, y las experiencias de Holmes y Watson las entretejen de
manera absorbente; los conflictos sociales, el linaje del Grial, los ritos
ancestrales, circundan un crimen que revela raíces demasiado profundas. Habla a
favor del texto que la brevedad de éste –apenas 108 páginas- contenga todas
estas subtramas con holgura, sin ceder a la tentación de desviarse por alguna
de ellas. Y si acierta en evocar el espíritu de Machen, es porque no pierde de
vista la clave del efecto perturbador de las obras de éste, y lo que falta en
tantos y tantos pastiches de los Mitos de Cthulhu –donde esta historia se
circunscribe también de manera expresa-: la fuerza de la alusión, en lugar de
la descripción directa. Es en todo aquello que no dice que radica la fuerza de
este relato.
Hay numerosos intentos por situar a Sherlock Holmes en el
escenario de los mitos de Lovecraft, tantos que se han completado un par de
antologías –Sombras sobre Baker Street (La Factoría de Ideas, 2003) y varios
relatos dispersos (un par de ellos en Lovecraft Ezine). De todos ellos, me
parece que Tim Lebbon (“El terror de múltiples rostros”), Poppy Z. Brite y David
Ferguson (“El curioso caso de la señorita Violet Stone”) y Sergio J. Monreal
son quienes logran a mi modo de ver presentarnos el carácter sui generis de
Sherlock Holmes con una reacción creíble y apropiada al enfrentarse de manera
ineludible a lo incomprensible. El gran error de la inmensa mayoría de autores
que han acometido la empresa fracasan en recordar el racionalismo inquebrantable
de Holmes, y en lugar de explorar las consecuencias de este choque entre una
fuerza incontenible y una fuerza inamovible, se limitan a presentarnos a un
Sherlock Holmes del peor estilo pulp que, como cualquier
detective de lo sobrenatural de Seabury Quinn o Manly Wade Wellman, se adapta sin parpadear a
enfrentar lo sobrenatural, o peor aún, se revela absurdamente conocedor de
saberes ocultos. Eso no ocurre aquí; hay cosas que exceden incluso al intelecto
excepcional del famoso detective, y es Monreal quien le hace explicar
finalmente su propia reacción y perspectiva al respecto.
Como acotación para holmesianos, no resulta claro en qué
fechas transcurre la novela, para lo que únicamente se nos da como indicio que
el combate en las cataratas de Reichenbach todavía está en el futuro. Luego de
mucho debatir he llegado a la conclusión de que La sombra de Pan tiene lugar
–si nos atenemos a la cronología de W.S. Baring-Gould, biógrafo de Holmes
(Sherlock Holmes de Baker Street, Valdemar, 1999), la cual acepto únicamente con
muchas reservas- durante la primavera o verano de 1888. Esto debido a lo que
probablemente sea un desliz de Monreal: encontramos a Watson residiendo en Baker
Street y sin embargo con práctica médica activa, algo que no ocurre en ningún
momento del que tengamos noticia, puesto que Watson sólo tuvo consultorio
durante sus dos matrimonios (o tres, si insisten, pero definitivamente ¡no
más!). Ahora bien, si esto ocurre en un momento posterior a la muerte de su
primera esposa (finales de diciembre de 1887 según Baring-Gould), Watson
probablemente se mostró temporalmente reacio a abandonar su consulta incluso
cuando volvió a instalarse en Baker Street; y el dolor todavía fresco de la
pérdida explicaría la manera en que se mostró particularmente sensible a los
terrores psicológicos de Glastonbury. Por otra parte, se implica que la novela
tiene lugar alrededor de la fecha en que se conmemora la muerte de Arturo, y si
bien no he encontrado una fecha tal, me parece factible que, en su papel
mítico, su muerte se recordara simbólicamente en Lammas (primero de agosto) y
el clima en la historia no sugiere un periodo invernal. Sin embargo, esto implica un periodo excesivamente largo de conservar su consulta mientras ya reside en Baker Street, y una fecha primaveral puede ser más factible.
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