Sergio J. Monreal
Ediciones SM / Consejo Nacional para la Cultura y las Artes,
Colección Gran Angular, 1997
109 páginas
Aunque tiene casi dos décadas, La sombra de Pan (1997) es un
libro merecedor de dar inicio a nuestra jornada. Es, paradójicamente, una
novela corta que refleja los primeros indicios de madurez en el género de
terror en México al tiempo de valerse, forzada por su premisa, a los recursos
del horror clásico de las primeras décadas del siglo XX, sin que por esto
resulte de ninguna manera obsoleta, sino todo lo contrario.
Sergio J. Monreal, autor nacido en |1971 y residente en
Morelia, nos presenta este como un relato protagonizado por dos personajes muy
queridos de la literatura: Sherlock Holmes y el Dr. Watson. De manera inusual,
el texto de cuarta de forros hace las veces de prólogo, ofreciendo un extracto
del testamento del Dr. John H. Watson donde nos advierte su reticencia a
presentar al público esta aventura. Y en efecto, Monreal retoma la voz familiar
del cronista del famoso detective sin dificultad, encaminándonos con el
habitual ritmo absorbente a una aventura cargada de enigmas; sin embargo, el
terror está sin duda presente, con tal intensidad que incluso los momentos más
siniestros en los páramos que rondaba el sabueso de los Baskerville palidecen
en comparación, ya que en este caso se trata de horrores más antiguos, más
extraños todavía. Porque el pastiche de Monreal es múltiple; el caso que
Sherlock Holmes acomete es uno que le conduce a las colinas ancestrales donde
Arthur Machen hizo arraigar sus insondables historias; es “El Gran Dios Pan” de
Machen el que proyecta su sombra sobre la mansión Drieu, en las afueras de
Glastonbury, poblado que todavía embruja el espíritu celta del mito artúrico,
tan importante para la sensibilidad de Machen y que es invocado de nuevo en
estas páginas. También hay alusiones a las pesadillas de Lovecraft, que
constituyen para el sobrecogido Dr. Watson, con su menor sutileza, el punto de
quiebre. Pocas veces han enfrentado los protagonistas tan terribles momentos, y
la narración detectivesca se resbala sin tropiezo hacia lo terrible y de
regreso en los momentos indicados. Aunque la estructura revela una clara deuda
a El sabueso de los Baskerville, y se nota la huella de “El Gran dios Pan” y “El
pueblo blanco” de Machen, también hay cierta influencia de los mejores momentos
de August Derleth, cuando -influido por Machen y por Algernon Blackwood-
explora los terrores de la naturaleza inefable en “El Ser que caminaba sobre el
viento” o “Ithaqua”.
El problema inmediato que el autor tuvo que sortear es el
escribir, por necesidad, en un estilo compatible con la última década del siglo
XIX y gracias a su acierto de emular el estilo pulcro de Arthur Conan Doyle, lo
consigue sin dar por ello la impresión de estar ciñéndose a moldes obsoletos. Un
gran error al circunscribir historias en los Mitos de Cthulhu es el impulso de
emular el uso de adjetivos abigarrados –parte del estilo de Lovecraft, pero su
fuerza no estaba en su lenguaje sino en su atmósfera-, o bien el abuso de
nombres extraños de entidades y grimorios de los Mitos –los mejores relatos de
los Mitos, tanto de Lovecraft como de otros autores, mencionan poco o nada de
estas cosas-; por ello el dar voz a Watson fue un acierto, ya que el estilo de
Doyle es limpio y no deja de ser actual. En particular, el terror en México
adoleció por mucho tiempo de un estilo anticuado, probablemente a causa de la
tendencia (que por fortuna ya desaparece) a ignorar por completo a los autores
post- Stephen King, limitándose a leer a Lovecraft, Poe, Maupassant, Quiroga,
etc., y por ello ubicándose en un contexto hace mucho superado; algo todavía
más marcado en pastiches lovecraftianos. Por fortuna, Monreal sabe retomar los
conceptos y no el estilo cuando es necesario, y su narración, a pesar de la
premisa, resulta en una de las aportaciones más maduras e innovadoras al terror
mexicano en su momento, y no hay que dejarse engañar por la línea juvenil de la
casa editora, pues no se detecta censura en aspectos particularmente mórbidos
de la trama.
Son varias las historias que ocurren de manera paralela bajo
la sombra de Pan, y las experiencias de Holmes y Watson las entretejen de
manera absorbente; los conflictos sociales, el linaje del Grial, los ritos
ancestrales, circundan un crimen que revela raíces demasiado profundas. Habla a
favor del texto que la brevedad de éste –apenas 108 páginas- contenga todas
estas subtramas con holgura, sin ceder a la tentación de desviarse por alguna
de ellas. Y si acierta en evocar el espíritu de Machen, es porque no pierde de
vista la clave del efecto perturbador de las obras de éste, y lo que falta en
tantos y tantos pastiches de los Mitos de Cthulhu –donde esta historia se
circunscribe también de manera expresa-: la fuerza de la alusión, en lugar de
la descripción directa. Es en todo aquello que no dice que radica la fuerza de
este relato.
Hay numerosos intentos por situar a Sherlock Holmes en el
escenario de los mitos de Lovecraft, tantos que se han completado un par de
antologías –Sombras sobre Baker Street (La Factoría de Ideas, 2003) y varios
relatos dispersos (un par de ellos en Lovecraft Ezine). De todos ellos, me
parece que Tim Lebbon (“El terror de múltiples rostros”), Poppy Z. Brite y David
Ferguson (“El curioso caso de la señorita Violet Stone”) y Sergio J. Monreal
son quienes logran a mi modo de ver presentarnos el carácter sui generis de
Sherlock Holmes con una reacción creíble y apropiada al enfrentarse de manera
ineludible a lo incomprensible. El gran error de la inmensa mayoría de autores
que han acometido la empresa fracasan en recordar el racionalismo inquebrantable
de Holmes, y en lugar de explorar las consecuencias de este choque entre una
fuerza incontenible y una fuerza inamovible, se limitan a presentarnos a un
Sherlock Holmes del peor estilo pulp que, como cualquier
detective de lo sobrenatural de Seabury Quinn o Manly Wade Wellman, se adapta sin parpadear a
enfrentar lo sobrenatural, o peor aún, se revela absurdamente conocedor de
saberes ocultos. Eso no ocurre aquí; hay cosas que exceden incluso al intelecto
excepcional del famoso detective, y es Monreal quien le hace explicar
finalmente su propia reacción y perspectiva al respecto.
Como acotación para holmesianos, no resulta claro en qué
fechas transcurre la novela, para lo que únicamente se nos da como indicio que
el combate en las cataratas de Reichenbach todavía está en el futuro. Luego de
mucho debatir he llegado a la conclusión de que La sombra de Pan tiene lugar
–si nos atenemos a la cronología de W.S. Baring-Gould, biógrafo de Holmes
(Sherlock Holmes de Baker Street, Valdemar, 1999), la cual acepto únicamente con
muchas reservas- durante la primavera o verano de 1888. Esto debido a lo que
probablemente sea un desliz de Monreal: encontramos a Watson residiendo en Baker
Street y sin embargo con práctica médica activa, algo que no ocurre en ningún
momento del que tengamos noticia, puesto que Watson sólo tuvo consultorio
durante sus dos matrimonios (o tres, si insisten, pero definitivamente ¡no
más!). Ahora bien, si esto ocurre en un momento posterior a la muerte de su
primera esposa (finales de diciembre de 1887 según Baring-Gould), Watson
probablemente se mostró temporalmente reacio a abandonar su consulta incluso
cuando volvió a instalarse en Baker Street; y el dolor todavía fresco de la
pérdida explicaría la manera en que se mostró particularmente sensible a los
terrores psicológicos de Glastonbury. Por otra parte, se implica que la novela
tiene lugar alrededor de la fecha en que se conmemora la muerte de Arturo, y si
bien no he encontrado una fecha tal, me parece factible que, en su papel
mítico, su muerte se recordara simbólicamente en Lammas (primero de agosto) y
el clima en la historia no sugiere un periodo invernal. Sin embargo, esto implica un periodo excesivamente largo de conservar su consulta mientras ya reside en Baker Street, y una fecha primaveral puede ser más factible.

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