viernes, 10 de junio de 2016

La sombra de Pan - Reseña

La sombra de Pan
Sergio J. Monreal
Ediciones SM / Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Colección Gran Angular, 1997
109 páginas

Aunque tiene casi dos décadas, La sombra de Pan (1997) es un libro merecedor de dar inicio a nuestra jornada. Es, paradójicamente, una novela corta que refleja los primeros indicios de madurez en el género de terror en México al tiempo de valerse, forzada por su premisa, a los recursos del horror clásico de las primeras décadas del siglo XX, sin que por esto resulte de ninguna manera obsoleta, sino todo lo contrario.

Sergio J. Monreal, autor nacido en |1971 y residente en Morelia, nos presenta este como un relato protagonizado por dos personajes muy queridos de la literatura: Sherlock Holmes y el Dr. Watson. De manera inusual, el texto de cuarta de forros hace las veces de prólogo, ofreciendo un extracto del testamento del Dr. John H. Watson donde nos advierte su reticencia a presentar al público esta aventura. Y en efecto, Monreal retoma la voz familiar del cronista del famoso detective sin dificultad, encaminándonos con el habitual ritmo absorbente a una aventura cargada de enigmas; sin embargo, el terror está sin duda presente, con tal intensidad que incluso los momentos más siniestros en los páramos que rondaba el sabueso de los Baskerville palidecen en comparación, ya que en este caso se trata de horrores más antiguos, más extraños todavía. Porque el pastiche de Monreal es múltiple; el caso que Sherlock Holmes acomete es uno que le conduce a las colinas ancestrales donde Arthur Machen hizo arraigar sus insondables historias; es “El Gran Dios Pan” de Machen el que proyecta su sombra sobre la mansión Drieu, en las afueras de Glastonbury, poblado que todavía embruja el espíritu celta del mito artúrico, tan importante para la sensibilidad de Machen y que es invocado de nuevo en estas páginas. También hay alusiones a las pesadillas de Lovecraft, que constituyen para el sobrecogido Dr. Watson, con su menor sutileza, el punto de quiebre. Pocas veces han enfrentado los protagonistas tan terribles momentos, y la narración detectivesca se resbala sin tropiezo hacia lo terrible y de regreso en los momentos indicados. Aunque la estructura revela una clara deuda a El sabueso de los Baskerville, y se nota la huella de “El Gran dios Pan” y “El pueblo blanco” de Machen, también hay cierta influencia de los mejores momentos de August Derleth, cuando -influido por Machen y por Algernon Blackwood- explora los terrores de la naturaleza inefable en “El Ser que caminaba sobre el viento” o “Ithaqua”.

El problema inmediato que el autor tuvo que sortear es el escribir, por necesidad, en un estilo compatible con la última década del siglo XIX y gracias a su acierto de emular el estilo pulcro de Arthur Conan Doyle, lo consigue sin dar por ello la impresión de estar ciñéndose a moldes obsoletos. Un gran error al circunscribir historias en los Mitos de Cthulhu es el impulso de emular el uso de adjetivos abigarrados –parte del estilo de Lovecraft, pero su fuerza no estaba en su lenguaje sino en su atmósfera-, o bien el abuso de nombres extraños de entidades y grimorios de los Mitos –los mejores relatos de los Mitos, tanto de Lovecraft como de otros autores, mencionan poco o nada de estas cosas-; por ello el dar voz a Watson fue un acierto, ya que el estilo de Doyle es limpio y no deja de ser actual. En particular, el terror en México adoleció por mucho tiempo de un estilo anticuado, probablemente a causa de la tendencia (que por fortuna ya desaparece) a ignorar por completo a los autores post- Stephen King, limitándose a leer a Lovecraft, Poe, Maupassant, Quiroga, etc., y por ello ubicándose en un contexto hace mucho superado; algo todavía más marcado en pastiches lovecraftianos. Por fortuna, Monreal sabe retomar los conceptos y no el estilo cuando es necesario, y su narración, a pesar de la premisa, resulta en una de las aportaciones más maduras e innovadoras al terror mexicano en su momento, y no hay que dejarse engañar por la línea juvenil de la casa editora, pues no se detecta censura en aspectos particularmente mórbidos de la trama.

Son varias las historias que ocurren de manera paralela bajo la sombra de Pan, y las experiencias de Holmes y Watson las entretejen de manera absorbente; los conflictos sociales, el linaje del Grial, los ritos ancestrales, circundan un crimen que revela raíces demasiado profundas. Habla a favor del texto que la brevedad de éste –apenas 108 páginas- contenga todas estas subtramas con holgura, sin ceder a la tentación de desviarse por alguna de ellas. Y si acierta en evocar el espíritu de Machen, es porque no pierde de vista la clave del efecto perturbador de las obras de éste, y lo que falta en tantos y tantos pastiches de los Mitos de Cthulhu –donde esta historia se circunscribe también de manera expresa-: la fuerza de la alusión, en lugar de la descripción directa. Es en todo aquello que no dice que radica la fuerza de este relato.

Hay numerosos intentos por situar a Sherlock Holmes en el escenario de los mitos de Lovecraft, tantos que se han completado un par de antologías –Sombras sobre Baker Street (La Factoría de Ideas, 2003) y varios relatos dispersos (un par de ellos en Lovecraft Ezine). De todos ellos, me parece que Tim Lebbon (“El terror de múltiples rostros”), Poppy Z. Brite y David Ferguson (“El curioso caso de la señorita Violet Stone”) y Sergio J. Monreal son quienes logran a mi modo de ver presentarnos el carácter sui generis de Sherlock Holmes con una reacción creíble y apropiada al enfrentarse de manera ineludible a lo incomprensible. El gran error de la inmensa mayoría de autores que han acometido la empresa fracasan en recordar el racionalismo inquebrantable de Holmes, y en lugar de explorar las consecuencias de este choque entre una fuerza incontenible y una fuerza inamovible, se limitan a presentarnos a un Sherlock Holmes del peor estilo pulp que, como cualquier detective de lo sobrenatural de Seabury Quinn o Manly Wade Wellman, se adapta sin parpadear a enfrentar lo sobrenatural, o peor aún, se revela absurdamente conocedor de saberes ocultos. Eso no ocurre aquí; hay cosas que exceden incluso al intelecto excepcional del famoso detective, y es Monreal quien le hace explicar finalmente su propia reacción y perspectiva al respecto.


Como acotación para holmesianos, no resulta claro en qué fechas transcurre la novela, para lo que únicamente se nos da como indicio que el combate en las cataratas de Reichenbach todavía está en el futuro. Luego de mucho debatir he llegado a la conclusión de que La sombra de Pan tiene lugar –si nos atenemos a la cronología de W.S. Baring-Gould, biógrafo de Holmes (Sherlock Holmes de Baker Street, Valdemar, 1999), la cual acepto únicamente con muchas reservas- durante la primavera o verano de 1888. Esto debido a lo que probablemente sea un desliz de Monreal: encontramos a Watson residiendo en Baker Street y sin embargo con práctica médica activa, algo que no ocurre en ningún momento del que tengamos noticia, puesto que Watson sólo tuvo consultorio durante sus dos matrimonios (o tres, si insisten, pero definitivamente ¡no más!). Ahora bien, si esto ocurre en un momento posterior a la muerte de su primera esposa (finales de diciembre de 1887 según Baring-Gould), Watson probablemente se mostró temporalmente reacio a abandonar su consulta incluso cuando volvió a instalarse en Baker Street; y el dolor todavía fresco de la pérdida explicaría la manera en que se mostró particularmente sensible a los terrores psicológicos de Glastonbury. Por otra parte, se implica que la novela tiene lugar alrededor de la fecha en que se conmemora la muerte de Arturo, y si bien no he encontrado una fecha tal, me parece factible que, en su papel mítico, su muerte se recordara simbólicamente en Lammas (primero de agosto) y el clima en la historia no sugiere un periodo invernal. Sin embargo,  esto  implica un periodo excesivamente largo de conservar su consulta mientras ya reside en Baker Street, y una fecha primaveral puede ser más factible. 

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