La bestia de la Luna Azul
Alejandro Juárez
La Zonámbula, 2012
104 páginas
La bestia de la Luna Azul, de
Alejandro Juárez, es una breve colección de cuentos que merece ser leída. Sin
embargo, debo señalar que difiero con la frase inicial de la prologuista
Gabriela Torres: “Mi sorpresa ante este refrescado volumen de horror tiene que
ver con la baja que presenta en los últimos tiempos este género en México”. En
primer lugar, dice esto en el 2011, cuando el género, siempre presente en
nuestras letras, ¡nunca pero nunca había estado “a la alta” antes de la última
década! He dicho y seguiré diciendo que apenas ahora los cultivadores del
horror somos finalmente más de los que podría contar con los dedos Kurt Wagner
de la Xavier Academy en Westchester, y esto sigue creciendo, como pretendemos
mostrar con este blog. En segundo lugar, volviendo a mis discrepancias, este
libro no es de horror; los cuentos recorren una gran diversidad de facetas de
lo fantástico, incluyendo, sí, lo terrorífico, pero también otras situaciones
muy diversas; lo que no tiene nada de malo, por supuesto, sólo me estoy
poniendo puntilloso ante la promesa de ese párrafo introductorio.
La colección inicia con “Guardia nocturna”, que nos presenta una
posible secuela de la historia del vampiro que yace en el Panteón de Belén; un
entretenido relato que podría haber sido una viñeta de “La hora marcada” o “Dimensión
desconocida”; en este caso, el vampiro que es tan difícil de enfocar de manera
terrorífica en nuestros días, recibe un tratamiento muy distinto no exento de
ironía.
“El buen samaritano” es un salto a una situación tan cotidiana como un
invidente que recibe ayuda para cruzar la calle, y que no tarda en convertirse
en una escena perturbadora, ambigua, que resulta inquietante por lo verosímil,
escenificada una vez más en el viejo barrio del Santuario.
“La huella del tigre” es una de esas historias que se precipitan a lo
angustiante sin molestarse en ofrecer un trasfondo para lo extraordinario; aquí
no hay viejas maldiciones, espectros, anécdotas que prefiguren lo que va a
ocurrir, únicamente el hecho insólito y aterrador. Es una anécdota, quizá, que
evoca historias que ya conocemos, incluso alguna que ya enumera Lovecraft en su
El horror sobrenatural en la literatura; pero Alejandro Juárez se ciñe al
adagio: si no está roto, ¿para qué repararlo? A veces, ciertos temas que en
manos hábiles, sin llegar a ser formulismos, nos resultan familiares, son como
sillones cómodos donde disfrutamos arrellanarnos de vez en cuando, aun cuando
nuestro anfitrión pueda ser quizá Rod Serling o el Tío Creepy.
“La bestia interna” es una llana y directa viñeta de licantropía, tan
clásica que la gitana Maleva bien pudo habernos introducido a ella; este es un
tema en extremo difícil de desarrollar con eficacia de manera literaria, y es
con satisfacción que encuentro que en este caso no encontramos los submundos
sobrenaturales y clanes teriantrópicos tan frecuentes en las novelas de moda;
sencillamente, la bestia.
Sigue, en mi opinión, el plato fuerte de la colección: “El fantasma de
Santa Margarita”. En este relato un poco más extenso encontramos a Ganímedes,
una variante melancólica y con un giro sorprendentemente realista sobre la
figura del detective de lo sobrenatural, a quien a pesar de la brevedad ya
siente uno conocer, involucrándose tanto en sus inquietudes privadas como en
sus indagaciones no exentas de suspenso detectivesco en torno a un centro
comercial pueblerino construido sobre un viejo cementerio y escenario de
apariciones fantasmales y potencialmente letales. Ganímedes es refrescantemente
escéptico, pero ansía poder ver a un espíritu, experiencia que lo ha eludido a
lo largo de su carrera. Es una historia absorbente y con un final sólido,
inevitable y que se las arregló para sorprenderme. El cuento de fantasmas es
otro que, al ser tan antiguo y tan gastado, es muy difícil de tratar con
justicia, y Alejandro Juárez lo consigue plenamente.
“Soñar es vivir” es una breve viñeta que regresa una vez más a lo
básico y, sin sorprender, se lanza a un final agradablemente inquietante.
“Corona de ratas” rescata una curiosidad grotesca de las historias
antiguas y la revitaliza en un inesperado escenario de ciencia ficción, lo que
no le impide una buena dosis de morbo gozoso e ironía; salvando el escenario
futuro, es el tipo de historia a las que nos acostumbró Alfred Hitchcock.
Encontramos entonces la historia que da título a la colección, una
reinvención del licántropo a través de la lente de la ciencia ficción, con
acción frenética y un argumento directo que arrastra al lector. Fácilmente mi
segundo favorito de la colección, lo que me habría parecido improbable dadas sus
características, pero un cuento eficaz y eficiente captura el interés sin
importar lo demás, y eso consiguió conmigo.
El último cuento, “Día de lectura”, acerca de la lectora de un libro de
tema vampírico. El más breve, y pudo omitirse, aunque deja con ganas de leer el
libro que Aída leía.
Como dije, no todos los cuentos son terroríficos y los mejores del
libro –a mi modo de ver- no lo son (aunque “El fantasma de Santa Margarita”
resulta plenamente satisfactorio para el aficionado al género si no por la
atmósfera, sí por la temática), pero ciertamente es una lectura recomendable y
una adición digna a nuestra colección de páginas del miedo.

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