sábado, 22 de abril de 2017

El Truco - Reseña

El Truco
Carlos L. Alvear
Balam, 2012
202 páginas

Esta novela se las arregla para ser completamente diferente a otras de temas similares. Carlos L. Alvear explota al máximo el acervo histórico y mítico de su natal Guanajuato –así como su geografía y abundantes sitios históricos y reconocibles-, en una historia que parte de una versión de la leyenda del callejón del Truco para desarrollar una suerte de secuela de la misma en época actual. El escenario que nos presenta no es de ninguna manera nuevo, pero el manejo que se le da es, como mínimo, diferente: una joven pareja llega a la ciudad buscando fortuna y se hospeda en una casa donde cosas terribles sucedieron; cosas que comienzan a suceder de nuevo. Pero cuando ese suceso antiguo y sombrío es parte del acervo legendario de una de las localidades más ricas en folklore de todo nuestro país –no porque más cosas hayan ocurrido allí, supongo, sino en buena parte gracias a que ese acervo es resaltado como en ningún otro sitio por la cultura, el gobierno y el turismo- la acción en el presente se convierte de alguna manera en una continuación y verificación de ese mito.

Las secuencias que narran el pasado tienen ese mismo tono fabuloso, entre mórbido e ingenuo, que suelen tener los mejores libros de leyendas. Si los cuentos de terror evolucionaron a partir del mero recuento de leyendas, y pasando por la creación de fingidas leyendas, hasta la narración de ficciones inexcusadas, Alvear nos narra una historia bien cimentada en el México actual, y que sin embargo se remonta a esa línea narrativa que cultivaron desde Bécquer hasta Justo Sierra: la leyenda cuasitestimonial, recreada a través de la ficción. Parecería que El Truco se desarrolla casi en una sutil ucronía, un Guanajuato actual que existe en ese mismo mundo pintoresco y terrible donde las viejas leyendas ocurren, donde nos situamos al escucharlas e imaginarlas. Quizá por ello ha optado por hacer de los episodios históricos –en particular aquellos que se centran en la expulsión de los Jesuitas- algunas de las partes más vívidas y realistas de la narración, que nos jalan a nuestro pasado histórico para entreverar en él las raíces de una influencia sobrenatural y siniestra en los sucesos bien conocidos de nuestro pasado, y hacer crecer desde allí una historia que nos arrastra a ese mundo semilegendario. El resultado es una amalgama entre una antigua y moderna “leyenda” y una narración sobrenatural. Debo reconocer que, como me ha ocurrido en ocasiones con Stephen King, me daba la impresión de que la premisa del libro no daba para mucho, y me he encontrado en cambio enganchado en la peculiar narración.

Se agradece que la figura demasiado humana del “diablo catrín” que es tan común en el folklore (y que en lo personal encuentro tan aterrador como Gasparín) es aquí sustituido por un ambiguo “emisario” del verdadero ser infernal, lo cual rescata la verosimilitud de la historia.
El lenguaje es dispar; mientras que un tono semifabulado predomina, hay secuencias directas y sólidas, así como pasajes elaborados y poéticos; el lenguaje barroco es liberado de manera bastante eficaz en los momentos más siniestros de la trama. Los adjetivos que caen sobre ciertos ritos diabolistas son deliciosamente añejos, como de una historia contada por un escritor de época, digamos un padre José T. Laris. Quizá el mayor logro se encuentra en las varias y alucinantes secuencias en que pasado y presente se entreveran, y esas historias paralelas en dos tiempos y un mismo espacio se entretejen produciendo una sensación vertiginosa de choque inevitable; esto, sobre todo, hace de El Truco una lectura memorable.

¿Aspectos negativos? he de confesar, y esto también hablaría a favor del libro, que aquellos que a mí me hacen ruido, a otros probablemente no, y algunos incluso –no todos- se justifican. El papel redentor de la fe católica en la narración es, sin ánimo de ofender a los creyentes, excesivo para mí, sin embargo resulta perfectamente coherente con el mundo legendario novohispano y con un presente derivado del mismo, y la intervención de fuerzas infernales en el destierro de la Compañía de Jesús es particularmente eficaz, y logra un tono de portento que parecería sacado de esa historia sagrada y mítica de México que Antonio Velasco Piña se ha dado a la tarea de recrear.

La descripción de la experiencia de los satánicos –me rehúso a llamarlos satanistas, satánicos son estos, según la distinción que se ha hecho cada vez más común aquí en México donde tenemos de ambos- resulta, a mi parecer, tan ingenua que debilita la historia en varios momentos, aunque de nuevo, eso puedo ser yo y no el libro. Los inquisidores y cronistas describían los ritos y fiestas brujiles asegurando que eran soeces y llenos de sufrimiento; que se veían forzados a beber orina, a azotarse, a besar anos, a copular con demonios en medio de horribles dolores; ¿por qué?, porque habría sido muy mala estrategia decir que los practicantes de estos ritos chamánicos que fungían de ocasional competencia disfrutaban y encontraban placer en sus ritos y banquetes nocturnos, ¡se trataba de hacer la opción poco agradable a los feligreses, de otra manera reconsiderarían su afiliación! Pero en una historia más realista y moderna, me resulta difícil creerme que aquellos que venden su alma se sienten envilecidos, miserables, se torturan mutuamente, y aun así Satán pretende que continúen de su parte. Aun así, y de nuevo, al partir del folklore, la historia misma se obliga a plantearlo así; lo mismo sucede con la ingenua necesidad de los satánicos por negociar almas propias y corromper las ajenas.

Por otro lado (aunque quizá sea más de lo mismo sólo hasta cierto punto), cierta escena donde el emisario infernal se burla y humilla de tres mal llamadas “brujas” totalmente locas y las obliga, tratándolas de “perras que aprendieron trucos”, a hacer un ritual recreando el de las hermanas Weird de Shakespeare, me dejó tan mal sabor que poco faltó para que abandonara la lectura con su resabio a prejuicio. Siempre me ha parecido ocioso el clamor por parte de los neopaganos en contra de cualquier historia de brujas “diabólicas” o malvadas, que a fin de cuentas son parte inevitable de la cultura popular y del género de terror, y a veces –como en la reciente película The VVitch- dan todavía para extraordinarias historias… pero esta ha sido una ocasión, quizá la única, en que en verdad me ha repelido una escena al denigrar de tal manera la figura de la bruja. Háganla malvada, asesina como Keziah Mason; háganla una charlatana y cómica Celestina; háganla incluso una insana y verde Bruja del Oeste, que de todo hay. Pero que la dignidad de su figura se mantenga, porque es un arquetipo que parte de una realidad, y como tal no debería ser denigrado con esa saña. Por eso este único punto, que por fortuna no pasa de unas pocas páginas, no lo considero redimible. 

Última inconformidad: ¡Me quedé con las ganas de saber en qué consistía el famoso juego del Truco!

Pero eso no cambia que la novela en general resulta satisfactoria, aun con sus toques de irrealidad, un viaje delicioso por el mundo de las leyendas de nuestra cultura; y prefiero terminar con una nota favorable, esa tremenda escena de un juego de cartas siniestro que se lleva a cabo en una caverna maldita y con una momia entre los jugadores; una secuencia digna de Melmoth o Vathek, que me remontó a lo mejor de la literatura gótica.

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