Carlos L. Alvear
Balam, 2012
202 páginas
Esta novela se las arregla para ser completamente diferente
a otras de temas similares. Carlos L. Alvear explota al máximo el acervo
histórico y mítico de su natal Guanajuato –así como su geografía y abundantes
sitios históricos y reconocibles-, en una historia que parte de una versión de la leyenda del callejón del Truco para desarrollar una suerte de
secuela de la misma en época actual. El escenario que nos presenta no es de
ninguna manera nuevo, pero el manejo que se le da es, como mínimo, diferente:
una joven pareja llega a la ciudad buscando fortuna y se hospeda en una casa
donde cosas terribles sucedieron; cosas que comienzan a suceder de nuevo. Pero
cuando ese suceso antiguo y sombrío es parte del acervo legendario de una de
las localidades más ricas en folklore de todo nuestro país –no porque más cosas
hayan ocurrido allí, supongo, sino en buena parte gracias a que ese acervo es
resaltado como en ningún otro sitio por la cultura, el gobierno y el turismo- la
acción en el presente se convierte de alguna manera en una continuación y
verificación de ese mito.
Las secuencias que narran el pasado tienen ese mismo tono
fabuloso, entre mórbido e ingenuo, que suelen tener los mejores libros de
leyendas. Si los cuentos de terror evolucionaron a partir del mero recuento de
leyendas, y pasando por la creación de fingidas leyendas, hasta la narración de
ficciones inexcusadas, Alvear nos narra una historia bien cimentada en el México
actual, y que sin embargo se remonta a esa línea narrativa que cultivaron desde
Bécquer hasta Justo Sierra: la leyenda cuasitestimonial, recreada a través de
la ficción. Parecería que El Truco se desarrolla casi en una sutil ucronía, un
Guanajuato actual que existe en ese mismo mundo pintoresco y terrible donde las
viejas leyendas ocurren, donde nos situamos al escucharlas e imaginarlas. Quizá
por ello ha optado por hacer de los episodios históricos –en particular aquellos
que se centran en la expulsión de los Jesuitas- algunas de las partes más
vívidas y realistas de la narración, que nos jalan a nuestro pasado histórico
para entreverar en él las raíces de una influencia sobrenatural y siniestra en
los sucesos bien conocidos de nuestro pasado, y hacer crecer desde allí una
historia que nos arrastra a ese mundo semilegendario. El resultado es una
amalgama entre una antigua y moderna “leyenda” y una narración sobrenatural.
Debo reconocer que, como me ha ocurrido en ocasiones con Stephen King, me daba
la impresión de que la premisa del libro no daba para mucho, y me he encontrado
en cambio enganchado en la peculiar narración.
Se agradece que la figura demasiado humana del “diablo catrín” que es tan común en el folklore (y que en lo personal encuentro tan
aterrador como Gasparín) es aquí sustituido por un ambiguo “emisario” del
verdadero ser infernal, lo cual rescata la verosimilitud de la historia.
El lenguaje es dispar; mientras que un tono semifabulado
predomina, hay secuencias directas y sólidas, así como pasajes elaborados y
poéticos; el lenguaje barroco es liberado de manera bastante eficaz en los
momentos más siniestros de la trama. Los adjetivos que caen sobre ciertos ritos
diabolistas son deliciosamente añejos, como de una historia contada por un
escritor de época, digamos un padre José T. Laris. Quizá el mayor logro se
encuentra en las varias y alucinantes secuencias en que pasado y presente se
entreveran, y esas historias paralelas en dos tiempos y un mismo espacio se
entretejen produciendo una sensación vertiginosa de choque inevitable; esto,
sobre todo, hace de El Truco una lectura memorable.
¿Aspectos negativos? he de confesar, y esto también hablaría
a favor del libro, que aquellos que a mí me hacen ruido, a otros probablemente
no, y algunos incluso –no todos- se justifican. El papel redentor de la fe
católica en la narración es, sin ánimo de ofender a los creyentes, excesivo para
mí, sin embargo resulta perfectamente coherente con el mundo legendario
novohispano y con un presente derivado del mismo, y la intervención de fuerzas
infernales en el destierro de la Compañía de Jesús es particularmente eficaz, y
logra un tono de portento que parecería sacado de esa historia sagrada y mítica
de México que Antonio Velasco Piña se ha dado a la tarea de recrear.
La descripción de la experiencia de los satánicos –me rehúso
a llamarlos satanistas, satánicos son estos, según la distinción que se ha
hecho cada vez más común aquí en México donde tenemos de ambos- resulta, a mi
parecer, tan ingenua que debilita la historia en varios momentos, aunque de
nuevo, eso puedo ser yo y no el libro. Los inquisidores y cronistas describían
los ritos y fiestas brujiles asegurando que eran soeces y llenos de
sufrimiento; que se veían forzados a beber orina, a azotarse, a besar anos, a
copular con demonios en medio de horribles dolores; ¿por qué?, porque habría
sido muy mala estrategia decir que los practicantes de estos ritos chamánicos
que fungían de ocasional competencia disfrutaban y encontraban placer en sus
ritos y banquetes nocturnos, ¡se trataba de hacer la opción poco agradable a
los feligreses, de otra manera reconsiderarían su afiliación! Pero en una
historia más realista y moderna, me resulta difícil creerme que aquellos que
venden su alma se sienten envilecidos, miserables, se torturan mutuamente, y
aun así Satán pretende que continúen de su parte. Aun así, y de nuevo, al
partir del folklore, la historia misma se obliga a plantearlo así; lo mismo
sucede con la ingenua necesidad de los satánicos por negociar almas propias y
corromper las ajenas.
Por otro lado (aunque quizá sea más de lo mismo sólo hasta
cierto punto), cierta escena donde el emisario infernal se burla y humilla de
tres mal llamadas “brujas” totalmente locas y las obliga, tratándolas de “perras
que aprendieron trucos”, a hacer un ritual recreando el de las hermanas Weird
de Shakespeare, me dejó tan mal sabor que poco faltó para que abandonara la
lectura con su resabio a prejuicio. Siempre
me ha parecido ocioso el clamor por parte de los neopaganos en contra de
cualquier historia de brujas “diabólicas” o malvadas, que a fin de cuentas son
parte inevitable de la cultura popular y del género de terror, y a veces –como en
la reciente película The VVitch- dan todavía para extraordinarias historias…
pero esta ha sido una ocasión, quizá la única, en que en verdad me ha repelido
una escena al denigrar de tal manera la figura de la bruja. Háganla malvada,
asesina como Keziah Mason; háganla una charlatana y cómica Celestina; háganla
incluso una insana y verde Bruja del Oeste, que de todo hay. Pero que la
dignidad de su figura se mantenga, porque es un arquetipo que parte de una
realidad, y como tal no debería ser denigrado con esa saña. Por eso este único
punto, que por fortuna no pasa de unas pocas páginas, no lo considero
redimible.
Última inconformidad: ¡Me quedé con las ganas de saber en qué consistía el famoso juego del Truco!


